Septiembre 27, 2021

Érase una vez América (V)

Todo el auge y expansión del imperio tiwanakota fue sustentado por una agricultura avanzada, basada en el sistema de sukakollos, en la construcción de terrazas en tierras bajas y en una inteligente ingeniería de canales de agua


Jueves 9 de Septiembre de 2021, 4:00pm






Fue una noche, entre el 1050 y el 1100 de nuestra era. En la cima de Akapana, un grupo de sacerdotes practica el último ritual de clausura. Han pasado más de cien años desde que empezó la sequía en el imperio, gradualmente, las aguas del Lago Sagrado bajaron su nivel, dejando parte de su lecho desnudo y la crisis alimentaria generó un fenómeno migratorio en los asentamientos tiwanakotas de lo que hoy es Atacama y el norte argentino.

Conscientes del final de sus tiempos, los sacerdotes sacrifican catorce llamas, en silencio descuartizan los cuerpos, los cráneos y mandíbulas son enterrados en los puntos cardinales de Akapana, las ofrendas incluyen la figura tallada de un pequeño zorro, frutos de las tierras bajas y láminas de plata y cobre. Concluida la ceremonia, se inicia el último descenso desde la pirámide, ya fuera del recinto, sellan cuidadosamente la entrada, dejando una última ofrenda consistente en cerámica, cuarzo y minerales que representan a todos los rincones del imperio.

Tiwanaku ha sido enterrado para siempre.

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Todo el auge y expansión del imperio fue sustentado por una agricultura avanzada, basada en el sistema de sukakollos, en la construcción de terrazas en tierras bajas y en una inteligente ingeniería de canales que trasladaba el agua hasta las zonas alejadas. Aquellos años de bonanza, la jerarquía tiwanakota gozó de gran credibilidad entre los ciudadanos, los ritos y sacrificios dedicados a los dioses, habían sido atendidos. La producción agrícola, no solo sostenía al imperio, sino que permitía el almacenamiento de alimentos para épocas de baja producción, la piedra fundamental del sistema político y social tiwanakota era el fruto de la tierra.

Investigaciones científicas revelaron las causas de la caída del imperio: una sequía de más de 150 años debida a las bajas precipitaciones, seguida de un déficit de hielo en el glaciar Quelccaya, ubicado en el sur del Perú, a 200 km del Lago Titicaca y; una crisis alimentaria que desencadenó revueltas en las colonias y en el centro mismo de Tiwanaku.

Como toda tragedia, la caída de Tiwanaku, fue gradual, los jerarcas del imperio intentaron, por todos los medios conocidos en aquellos días, complacer a los dioses mediante el sacrificio de animales, hombres e incluso niños, sin que la situación cambie. La presión sobre los habitantes de tierras bajas para que aumenten su producción se tornó insostenible, el abastecimiento fue cada vez menor. Finalmente, la violencia estalló en centro de Tiwanaku, miles de ciudadanos del imperio habrían cruzado el foso que protegía al centro ceremonial y descargado su ira sobre las imponentes construcciones, el gran Palacio de Putuni fue incendiado y Puma Punku reducido a escombros.

Carlos Ponce Sanjinés recoge un relato del cronista colonial Fernando Montesinos que sugiere que, en los días finales, feroces grupos de los llanos amazónicos sobrepasaron las debilitadas defensas del imperio, habiendo enfrentado una débil resistencia y dado muerte al último jerarca del Estado. Pero, independientemente, de si la caída del centro político y ceremonial fue producto de una invasión o de una revuelta ciudadana, lo que en esos días no se alcanzó a destruir fue destruido por los colonizadores.

Con Tiwanaku destruido, volvieron las lluvias a la cuenca del Titikaka y con ellas, una nueva etapa de asentamientos y producción agrícola; los pequeños asentamientos proliferaron en distintos puntos de la región iniciando la disputa política por el territorio. Los investigadores identificaron, al menos, doce señoríos de habla aymara, pero dos reinos en particular, los Lupaqa y los Qolla, quienes dominaron los territorios del imperio caído, y se entregaron a una intensa batalla por la hegemonía del lugar. Fue entonces que llegaron los incas con su ejército imperial, quienes rápidamente obtuvieron el control de toda la zona y con ello, el tributo de las comunidades y la riqueza de su agricultura.

En una asociación mística con el imperio desaparecido, los incas intentaron recuperar los valores políticos y religiosos de Tiwanaku para apropiarse de sus misterios y hacerlos propios. El inca conquistó fácilmente a las comunidades, y lo hizo con violencia y coerción, sin embargo, debido a la división existente entre los señoríos aymaras, la conquista duraría muy poco.

El año 1532, otra ola de conquistadores irrumpió en el mundo andino, transformándolo para siempre. Llegados desde el lejano Atlántico, el hombre europeo pisó las tierras del extinto Tiwanaku y fue por la conquista del oro de los incas. Al observar los vestigios de la civilización perdida, la ambición los llevó a la búsqueda de cementerios, templos y palacios para saquear todo lo que la turba no había saqueado en su momento; con trozos de piedra provenientes de las ruinas, levantaron la iglesia de San Pedro de Tiahuanaco, rompieron las narices de los monolitos y grabaron sus símbolos religiosos en cada monumento y casa del lugar.

Poco pudo hacer el Imperio Inca para repeler la invasión europea, de conquistadores a conquistados, así le tocó al incario, rendirse a la ley del más fuerte. El 16 de noviembre de 1532, las tropas españolas irrumpieron Cajamarca, tomando como prisionero al Inca Atahualpa.

No existe una certeza sobre el origen del Imperio Inca, de acuerdo al cronista Inca Garcilaso, los fundadores del imperio fueron Manco Cápac y Mama Ocllo, quienes habrían emergido del lago Titikaka y fundado la ciudad de Cuzco.

El Imperio Inca no disfrutó de un auge de siglos como Tiwanaku, al contrario, su etapa imperial se reduce a unos cuantos siglos hasta la llegada del hombre europeo, no obstante, por sus características políticas y militares, los incas ocuparían los territorios de las actuales repúblicas de Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, Argentina y Chile. Su esplendor fue también su ruina, pero su herencia cultural e histórica – patrimonial, son el ingrediente central de nuestro mestizaje.

(Continuará)

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