Octubre 23, 2020

El sueño del picaflor

El picaflor se deprime, abandona su casa y, en medio de su desgracia, aparece un conejo que le sugiere pedirle a la Gran Nube. Él sigue su consejo, parece que sin fe.


Miércoles 8 de Junio de 2016, 2:45pm






Hoy quiero contarles un cuento. Es una fábula del vallegrandino Manuel Vargas, “El sueño del picaflor”, publicada por la editorial con el nombre más bonito del mundo: Correveidile.

Lorenzo, el picaflor, sufre por el zorro que le roba sus ovejas. Doña Flor, su madre, primero le riñe, luego, a tanto descuido, lo agarra a picotazos, lo persigue con chicote y finalmente lo desanima: “No pienses, Lorencito; solo cuida tus ovejas. Los poderosos dominan el mundo. Nosotros los pobres solo tenemos que trabajar callados en lugar de pensar”.

El picaflor se deprime, abandona su casa y, en medio de su desgracia, aparece un conejo que le sugiere pedirle a la Gran Nube. Él sigue su consejo, parece que sin fe.

Después se encuentra con una hormiga y con otra, como ella, que se siente discriminada por “negra”. Lorenzo va a parar a su hormiguero y nota que las habitantes del lugar no solo eran trabajadoras, sino también discutidoras. Ahí les dice a las hormigas que él quiere ser como ellas. Pero las hormigas le recuerdan que ha nacido para volar y ser libre, y le revelan que si quiere vencer al zorro debe andar acompañado por otros pájaros.

Entonces, el picaflor desobedece a su madre —que le había enseñado a no pensar, solo a trabajar—, planteándose la injusticia de que solo él, y no las hormigas, tuviera alas. “Iré a buscar alas para todos. Volando encontraremos la libertad”. Deja a sus ovejas al cuidado de las hormigas y se topa con el zorro, pero esta vez lo engaña diciéndole que ya no tiene más ovejas, que se las robaron unos ladrones.

Estaba feliz por su pequeño triunfo cuando un cóndor viejo le abre los ojos. Le dice que hay hormigas con alas porque luchan para tenerlas y que otros animales las tienen, igual que ellas, pero invisibles. “Todo es cuestión de combatir y no desanimarse”, le enseñó el Cóndor Mallku. Con sus nuevos conocimientos de la vida, Lorenzo volvió al hormiguero y lo encontró devastado. Ni rastros de hormigas, ni de ovejas, ni de nada.

Sumido otra vez en la tristeza hace un nuevo amigo, otro picaflor, el Q’enti. Con él hallan a la “negra” de las hormigas; estaba herida. Ella les cuenta que el hormiguero había sido arrasado por alacranes, víboras y escalopendras, algo que el Q’enti califica de “injusto”. Para la hormiga, “no quieren que seamos libres. No quieren que abramos los ojos”.

Pasados los días Doña Flor, arrepentida de los picotazos, del chicote, decide salir en busca de su hijo. Va acompañada del burro Ambrosio y de un perro ch’api y, preguntando, preguntando, da con él, que a su vez sigue acompañado del Q’enti y de la hormiga discriminada. Mientras celebraban el reencuentro vieron al zorro y allí cerca, a las ovejas. Quién sabe por la acción silenciosa de la Gran Nube, hicieron espíritu de cuerpo y ahuyentaron al astuto animal. Felices, se entregaron al himno: “Cuidado, zorro, ahora somos fuertes / Cuidado, zorro, ahora somos hartos / ¡Cuidado, cuidado, cuidado!”.

De retorno a casa, la hormiga advierte a los demás que cuidado les pase como a sus hermanas, que de tanto celebrar una pequeña victoria lo perdieron todo. Volvían contentos y la advertencia se hizo realidad: atrapados por la noche, oyen el aullido de zorros; creen que también se han unido, como ellos. Se proponen convocar a “todos los animales del mundo, a todos los que están contra los ladrones, los venenosos, los egoístas”.

Y así lo hicieron. Tanta era la confianza, el optimismo de la gran variedad de animales unidos contra la amenaza de los malos zorros, que —dice Vargas— “comenzaron a nacer alas de todos los cuerpos sin alas”.

Esta fábula tiene 36 años y, como todas, no ha perdido vigencia. Ustedes pueden hacer como yo: traerla a este tiempo y no solo trabajar, sino pensar en cómo luchar por la libertad contra los que abusan de su condición de poderosos.

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