Agosto 05, 2021

La ciudad maradilla

La Paz, matrimonio de maravilla y pesadilla.


Jueves 15 de Julio de 2021, 4:30pm






Toda relación del habitar con tu espacio que te eligió, genera pasiones. Amo a la ciudad que recibió a mi padre que era de otra región del Estado y a mis abuelos que fueron también emigrantes a esta hoyada generosa. De niño, mis profesores me enseñaron a amar Bolivia y a poner en tercer plano mi ciudad y luego, en la madurez, a detestarla por sus recovecos con que la horado la burocracia hasta volverla hostil y caótica.

De niño huía al parque Riosinho, cuando escuchaba los planes de mi madre: - Hay que llevarlo al peluquero ¡Parece un salvaje! - Corría semidesnudo mientras dos policías me perseguían ante mi frenética resistencia a las tijeras del peluquero que - muchos años más tarde -mató a su esposa con un revólver que le empeñaron y que alguna vez fue mío.

El Jardín de Infantes La Paz de mi barrio ya no existe, ahora es un edificio con amplios ventanales de vidrio y fue el lugar desde dónde mi profesora, en la libreta de rendimiento, escribió unas frases que las reproduje en mi libro artesanal Chuquiagu Blues y dice: Es peleador y desobediente. Habla malas palabras. Muy hábil para el dibujo. Llega atrasado” Julieta Benavides Delegada.

Los seres humanos no cambiamos mucho, de infantes ya tenemos un pequeño adelanto de lo que seremos mañana.

Aquí vi a los indígenas que llegaban con los pies descalzos cargando papa, oca, choclos y fue por primera vez que me encontré con la hoja de coca. Un ki’piri descansaba en la puerta de la enorme casa donde vivíamos, estaba agotado y apenas hablaba castellano; le ofrecí mi marraqueta con mantequilla y el me dio a cambio un puñado de coca y una amplia sonrisa verde.

Desde entonces me volví muy preguntón y, en un Anata Carnaval, cuando llegaban nuestros parientes invitados a las feroces jaranas que organizaba mi abuelo, le pregunté a mi abuela Olga, quechua jovera, porque los niños no podíamos entrar al comedor grande donde estaban los adultos comiendo en chi’llami con las manos, riendo a carcajadas y hablando en quechua y aymara. Exigí ser parte del festín y hablar como ellos. Me saco de la sala y me hizo sentar en la patilla de la terraza de la casa desde donde se veía el Illimani, la ladera oeste, Pura Pura, Vino Tinto y otros barrios que escalaban furiosamente las laderas del noreste. Me miro dulcemente con sus ojos claros y me mostro sus manos, despedazadas por el trabajo. Me acaricio la nuca y dijo:- Si hablas así, te dirán indio y no te dejarán crecer ¿Entiendes?

Eso quedo resonando hasta mi adolescencia, cuando viajábamos por los pueblos cercanos a la ciudad, a los poblados yungueños a engullirnos paltas y naranjas en franca competencia con los ku’chis. Había tal abundancia que caían de los árboles para un convite sin dueños, gozábamos de la belleza de la vida en las fiestas patronales, donde todos eran invitados y se vivía de otra manera. Era territorio indígena, con su manera de sentir el contacto con la tierra hembra, con los cuatro puntos cardinales señalados por los músicos que ingresaban por las cuatro esquinas de la plaza, tocando y danzando para la Pachamama y la Virgen de la Candelaria, para que los curas no se dieran cuenta que ambas tenían el mismo significado. Al volver a la ciudad sabíamos distinguir que una parte era Chukiyawu marka, la ciudad india y chola y otra La Paz, la ciudad occidentalizada, en permanente ebullición. Escoger tu lugar eutópico es una decisión crucial cuando luchas por tus ideales, cuesta caro: cárcel, exilio, amenazas y el deseo de eliminarte. En sus calles regadas de sangre, también hay un poco de la mía, aunque nosotros pudimos ver sus maravillas secretas, muchos se quedaron sin ver un pedazo de sus sueños, por eso te odio y te amo, ciudad maradilla.*

Matrimonio de maravilla y pesadilla.

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