Septiembre 17, 2019

La ingratitud y su costo económico

No se trata, valga la puntualización, de personas malas o buenas. Todas, llegado un momento, están expuestas a una recaída moral. Leve o alta, pero resbalón al final.


Lunes 22 de Abril de 2019, 4:00pm




La deshonestidad corporativa, el robo de activos por parte de los empleados, el engaño y fraudes, por más pequeños que éstos sean, dentro de las empresas se ha incrementado en los último seis años en un 10%. Esto equivale, sólo en el mercado norteamericano, unas pérdidas anuales superiores a los 50 mil millones de dólares.

 Pero el principal hallazgo de la Asociación de Control y Certificadores de Fraude de Estados Unidos, es que la deshonestidad en el lugar de trabajo no responde necesariamente a un problema de necesidad económica o de bajos controles internos; sino más bien, que la falta o ausencia de una cultura de la gratitud, incrementa riesgosamente el comportamiento antiético de los empleados.

Sin duda no es la bala mágica en contra de la corrupción corporativa, ya que son muchos los factores que entran en juego cuando las personas contemplan la posibilidad de engañar o robar la empresa. Pero los hallazgos sugieren que inculcar una cultura de gratitud en una corporación o equipo, alienta a los trabajadores de todos los niveles a construir confianza mutua, aumenta la productividad de los empleados y su bienestar, pero también inflaciona su honestidad.

La implementación de controles internos de “arriba hacia abajo” para luchar contra la deshonestidad no es, de acuerdo con los últimos estudios organizacionales, el derrotero más eficiente. Si el empleado no se siente “gratificado” por sus superiores e incluso sus pares, su capacidad de autocontrol se resquebraja y sus chances de buscar un beneficio económico tienden a ser una opción cada vez más real.

Por lo tanto, los estudios académicos sobre el comportamiento deshonesto aseguran que la ética laboral no se cimenta en el hecho de que las personas tengan presente en su labor diaria que deben controlar sus impulsos antiéticos, sino más bien, en fortalecer la confianza y la gratitud en las personas y en los equipos de trabajo.

No se trata, valga la puntualización, de personas malas o buenas. Todas, llegado un momento, están expuestas a una recaída moral. Leve o alta, pero resbalón al final. Y tampoco influiría, el origen socioeconómico, la ideología y el estatus económico de una persona. Todo pasaría por un ambiente de confianza, pero especialmente, de gratitud.

Como país, hemos caído 20 peldaños, de acuerdo con el último Índice de Percepción de la Corrupción, a cargo de Transparencia Internacional, y nos situamos en el deshonroso puesto 132 de 180 países medidos. En nuestro vecindario, estamos debajo del promedio y cerca de los países más corruptos como Venezuela y Nicaragua.

Los casos de corrupción y de acciones deshonestas en las instituciones públicas y privadas es el pan corriente de todos los días. Por lo tanto, cabría pensar que nuestra educación está en crisis, nuestros valores como familia y sociedad están devaluados, pero también cabría detenerse a reflexionar que nuestros niveles de confianza y de gratitud están por los pisos.

De acuerdo con estudios de confianza y certidumbre en Latinoamérica, nuestros índices son bajos y los valores de incertidumbre y desconfianza hacia las instituciones cada vez son más altas. Ni qué decir de nuestra conducta de desconfianza e ingratitud con nuestro vecino, colega de trabajo o jefe inmediato. Estos indicadores demuestran que cada vez somos más deshonestos e ingratos.

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