Diciembre 12, 2019

No demos ese fatídico paso…

Dicen los expertos que de una crisis económica se sale con productividad y competitividad. ¿Pero cómo se sale de una crisis social? ¿Cómo nos impregnamos de valores sociales? Cómo miramos a nuestros hijos y les decimos que somos una sociedad fallida. ¿Acaso lo somos?


Jueves 21 de Noviembre de 2019, 9:00am




En estos días - tiempos ya, dependiendo de quién calcule la data – farragosos y de estigmatización y desinformación, muchos sienten que aquello que sabían o creían conocer de los tejemenejes de la política nacional, se ha diluido, en el mejor de los casos, o se ha esfumado, en el peor de todos. Y no es para menos, ya que, estamos inmersos en tiempos de zozobra, de laxitud de certidumbre, pero, además, vivimos una galimatía sin precedentes como sociedad.

La vorágine de la información muda de piel sin descanso y aquello que leímos en la tarde, ya está fenecido entrada la tarde. Estamos creando cadenas de olvido. Estamos viviendo una amnesia colectiva. Las noticias mueren instantáneamente y también surgen por doquier, muchas de fuentes de escasa fiabilidad.

Buscamos desesperados un faro que nos muestre el puerto seguro, pero nuestros ojos apenas vislumbran miles de lucesitas que parpadean y confunden nuestra brújula de navegación. Estamos a punto de encallar. Y no es para menos, ya que toda sociedad siempre demanda certidumbre. Exige claridad para su entramado y construcción como tejido social. Y cuando se le niega esa guía meridiana, vemos enemigos donde no los hay, acusamos por temor, atacamos primero, como una manera de resguardarnos y disparamos nuestra desconfianza hacia terrenos muy complejos de desactivar. Nos matamos como sociedad.

Hemos pasado de un tiempo de pseudo bienestar – siempre mezquino para nosotros los bolivianos -, a un tiempo contundente de malestar generalizado. Desde que tengo uso de memoria, medio siglo de vida ya, siempre he visto convulsión social, disfunción política, arribismo, oportunismo barato, corrupción, políticos sicofantes y un largo y continuo proceso de odios intestinos entre todos nosotros.

Hemos – e incluyo a todos nosotros – liquidado el estado de bienestar. Lo hemos fulminado. Prendimos la fogata y sin cejar arrojamos todo a las llamas y alrededor de ella, (nos) vemos nuestros demonios arder, gozosos por la adrenalina de la destrucción de viviendas, de hogares de plazas, de puentes, de edificios, de carreteras, de todo aquello que nos pertenece por derecho o por ley. Caímos hincados en una cuita descomunal.

Dicen los expertos que de una crisis económica se sale con productividad y competitividad. ¿Pero cómo se sale de una crisis social? ¿Cómo nos impregnamos de valores sociales? Cómo miramos a nuestros hijos y les decimos que somos una sociedad fallida. ¿Acaso lo somos?

Me parece que hemos llegado, esta vez, al desfiladero e hipnotizados por su abismo negro, estamos casi con un pie en ristre para dar el salto mortal. Todos los demonios, aquellos falsos profetas, ídolos de barro, durante todo este tiempo nos vendieron propaganda. Humo. Y nosotros siempre caímos a sus pies, con nuestros votos. Entregamos nuestro futuro a unos sátrapas. Todos lo hicimos. Acá no hay inocentes. Y lo rifamos no a unos solamente, ni a unos de hace años atrás, ni a unos ahora autoexiliados. Cual cobayos empeñamos nuestro futuro a cambio de su burda propaganda a toda una clase inoperante de políticos peristas, además.

Sólo nos queda jugar una última carta: Un Pacto Social. El sólo hecho de escribir ese potente desafío ya me llena de incertidumbre. Es la carta final del mazo que debemos echar sobre la mesa y ya no pensando en nosotros, sino en las generaciones que vienen. Si es que realmente nos interesan. No se olviden, que fueron ellos, los jóvenes, apoyados por generaciones mayores, quienes lograron lo impensable. Tumbaron al tirano. Entonces no demos ese fatídico paso. No hagamos ni dejemos que la imbecilidad y el cretinismo sean valores sociales.

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