Junio 16, 2021

Relato de un “cafisho”, el hombre que cuida la seguridad de una trabajadora sexual


Jueves 10 de Junio de 2021, 7:15pm






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Foto: Urgente.bo.

10 de junio (Urgente.bo).-  Una mala decisión hizo que Juan C. caiga en el oscuro mundo del narcotráfico y por el cual tuvo que pagar una pena en la cárcel de San Pedro por al menos cinco años. Hoy, el hombre tiene 37 años y, tras salir del penal, intentó reinsertarse a la sociedad y probó suerte trabajando de chofer, voceador y hasta de “cafisho”, aquel hombre que vive y gana de la labor de las trabajadoras sexuales.

Juan trató de evadir a la justicia y la Policía, sabía que el estar metido en lo ilegal le traería problemas a la larga y fue así. Lo hallaron comercializando pequeños bretes (sobres) de cocaína en La Paz y El Alto. Su idea era salir del país, pero antes debía eludir a la Policía.

Es por ello, que gracias a un contacto, logró camuflarse en uno de los tantos establecimientos de comercio sexual en la urbe alteña, donde la lujuria está ante los ojos de los hombres.

“Tuve que convivir con ellas y ellos, no quedaba de otra. Necesitaba comer y desde luego no ser arrestado, me dio cobijo y abrigo. Me convertí en un cafisho”, relató el hombre al portal informativo Urgente.bo.

Antes de la pandemia, Juan era uno de los que vestía un guardapolvo blanco y llevaba barbijo en un local nocturno donde trabajan las meretrices. Les ofrecía protección y las cuidaba hasta que terminen su jornada laboral.

Las acompañaba hasta el taxi, y ellas, en agradecimiento, le daban un porcentaje de lo ganado durante la noche.

“Me daban Bs 10, Bs 20. Otras con las que me llevaba bien,  me regalaban algo más, claro; a no todas les iba bien en la noche”, contó. El dueño del local nocturno le pagaba Bs 1.000 al mes, pero por noche sacaba de Bs 50 a Bs 60. Eso dependía de la mina o las minas (muchacha) a quiénes debía cuidar”, añadió.

"Cada meretriz tiene su vida", nos dice. En su mayoría son mujeres que necesitan llevar el pan a su hogar y mantener a su familia, pero también hay otras que lo hacen por placer e incluso por cumplir ciertos vicios.

“Había una ñatita (prostituta) que le gustaba chupar (beber) tragos y gastaba parte lo ganado en bebidas alcohólicas. Parece que era alcohólica y se hizo mi amiga y nos ayudábamos”, agregó.

Pero el “cafisho” no siempre son extraños que contratan las prostitutas o el dueño del establecimiento  nocturno, son también amigos y hasta hermanos de las trabajadoras sexuales. Aylin Aparicio, vicepresidenta de la Organización de Trabajadoras Nocturnas de Bolivia (OTNB), aseguró que en esta tercera ola de pandemia esos hombres, a los que ella prefiere llamarlos “seguridad”, ya no cuidan la mayoría de las meretrices. “Y sí les ofrecen protección, les pagan ahora Bs 20”, subrayó la dirigente.

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