Diciembre 06, 2019

Relato de una epopeya

A muchos les cuesta creer que el caudillo derrotado es el verdugo y no la víctima, que los luchadores que salieron a las calles no son golpistas


Viernes 22 de Noviembre de 2019, 2:00pm




Una de las peores tragedias de Bolivia es que hasta ahora no ha podido escribir su historia y por eso es que la repite de manera incansable y con tanta frecuencia. Hace exactamente 16 años vivimos un episodio gemelo al acontecido en los últimos días y lamentablemente el relato que pretende hacerse es totalmente distinto.

En octubre de 2003 la narración que el mundo consumió sobre lo que nosotros llamamos “octubre negro” fue el equivalente a la nueva fundación de la república, la nueva emancipación, el giro hacia la libertad y prosperidad de los pueblos que estuvieron oprimidos durante más de 500 años.

Durante el periodo posterior, especialmente en los 14 años de hegemonía de Evo Morales, se impuso el relato que la humanidad quería escuchar de Bolivia. El indio que recuperaba la dignidad, los pueblos que se encaminaban hacia el “vivir bien”, la soberanía de los dueños de esta tierra azotada por la pobreza y el abuso.

Es lógico que hoy cueste creer que aquello fue nada más que una fábula; que el primer presidente indígena de Bolivia contó una historia inventada, que dijo lo que todos querían escuchar y que lo sucedido a partir del 20 de octubre no es otra cosa que el reencuentro con la verdad nacional, con una realidad dramática, cruel y descarnada. Es una tragedia que nos volvamos a encontrar con el mismo país de siempre, ahora azotado por el odio, el racismo y la amenaza del terrorismo.

Se hace imposible construir el relato de lo sucedido en menos de 30 días. Muy pocos quieren admitir que se intenta recuperar el camino de la democracia, que lo están haciendo los propios bolivianos desde todos los rincones del país y que no hay otra convicción más que la libertad y la defensa del voto, el único elemento que le quedaba al aniquilado estado de derecho.

A muchos les cuesta creer que el caudillo derrotado es el verdugo y no la víctima, que los luchadores que salieron a las calles no son golpistas, que el destino que buscan no es la dictadura, sino la pedregosa ruta de la construcción de una nación sin monarcas ni rehenes.

Vivimos en un mundo en el que relato es mucho más importante que los hechos. Por eso es que los impostores llevan ventaja, mientras los cándidos, los mansos y los confiados siempre se quedan impávidos frente a los que se apoderan de la tarima, los que acaparan el micrófono y los que consideran al pueblo como un artículo de utilería.

En el fondo, los que le niegan el derecho a los bolivianos a transformar su historia, se dan cuenta que aquí ha habido un cambio de paradigma. Nuestro país ha demostrado que el ciudadano es capaz de asumir el protagonismo de su propia vida, que no se trata sólo de imponerse y vociferar consignas, sino de tomar las calles, apoderarse de la batuta y construir un porvenir nunca antes escrito en América Latina.

 

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